No recuerdo el momento exacto en el que Extremoduro entró en mi vida, pero sí recuerdo la forma. Fue a través de un casette viejo, que seguramente vendría de alguna limpieza de trastero, original pero sin caja, con los títulos de temas impresos en el plástico de color vainilla, casi anónimo. Recuerdo ponerlo a sonar, – tendría yo unos 11 años – y pensar que aquello no se parecía a nada que yo hubiera escuchado antes. No sabía quién cantaba, no sabía de dónde venía esa voz rota ni esas letras que parecían escritas con más tripas que cabeza. Solo sabía que había algo ahí que incomodaba, que descolocaba y que, de algún modo, me obligaba a prestar atención.
Con el tiempo supe que aquello era Extremoduro. Y con el tiempo también entendí que, aunque nunca conseguiría hacerme fan de la banda (de hecho lo intenté, y es que oportunidades no me faltaron, ya que tuve innumerables personas a mi alrededor que coreaban los temas como si de versículos de la Biblia se tratara), su influencia estuvo siempre a mi alrededor, como una corriente subterránea que atraviesa un cultivo: se piensa que no le afecta, pero le nutre de todos modos. Y con la marcha de Robe, me he obligado a preguntarme: ¿Qué me aportó a mi este referente, que de manera tan merecida fue uno de los principales filósofos del rock, que pueda yo compartir con el mundo?
Algo que enseguida comprendí es que Extremoduro no fue nunca una banda cómoda. Y quizá por eso marcó tanto. En un país entonces tan acostumbrado a compartimentos, a etiquetas y a discursos más o menos previsibles, Extremoduro irrumpía como un artefacto salvaje: letras crudas, a veces más explícitas de lo que podían encajar, pero a veces profundamente líricas, pero eso si, honestas hasta el exceso. Esto es algo que recuerdo me impactaba: la manera en que simplemente se mezclaban ira y belleza, la manera en la que simplemente no les importaba agradar o desagradar a nadie. Ni a los más heavys por ser demasiado cursis, ni a los más pijos por ser demasiado transgresores. Robe Iniesta no cantaba para agradar; cantaba para decir. Y eso, para mucha gente joven —y no tan joven—, fue una puerta difícil de abrir.
Y todo esto lo digo consciente de que no soy seguidora de su discografía ni tampoco he vivido sus canciones como mi banda sonora vital, pero es que no puedo negar el peso que Extremoduro ha tenido incluso en mi propio crecimiento. Porque crecer también consiste en aprender a escuchar lo que no te representa del todo, pero te explica el mundo en el que vives. Sus canciones estaban de manera inevitable en bares, en coches, en pisos de estudiantes, en estados de messenger, en conversaciones interminables sobre libertad, dolor, amor y rabia. Aunque no las buscara, siempre estaban ahí.
Para muchos, Robe fue una especie de poeta marginal, un referente que demostraba que se podía ser profundamente sensible sin dejar de ser auténtico, que se podía hablar de fragilidad sin tener que disfrazarla. Tampoco fue un frontman al uso. No necesitó construir un personaje artificial, ni tampoco un alter ego artístico, porque él mismo ya era tan contradictorio como humano. De alguna manera, yo escuchaba sus letras y pensaba, “no encajo, pero no pasa nada”. Y eso ya es más de lo que podría decir de otras bandas que sí he seguido y consumo. Me hace entender la devoción, el agradecimiento, incluso la nostalgia que hay detrás de las palabras y de los versos de Robe.
Aquel casette sin nombre fue solo el principio de una comprensión mucho más amplia: la de que la música no siempre te construye por gusto, sino por impacto. Extremoduro en mí de alguna manera resonó sin yo saberlo, porque impactó en mucha de la gente a la que quería y me rodeaba, y sin yo quererlo me enseño muchas otras cosas. Por este y otros muchos motivos, he querido, desde este pequeño rincón del mundo, hacer un pequeño homenaje a Robe Iniesta y compartir cómo llegó a mi vida para quedarse, más en forma de enseñanzas que de gustos musicales.
Extremoduro para mí no fue una banda. Fue un lenguaje. Y como todos los lenguajes importantes, la gente sigue sintiéndolos incluso cuando ya casi no suenan de fondo.
Buen camino de vuelta, Robe.
xCristinax


Deja un comentario