El rock y el metal, en cuidados intensivos: ¿Es posible reanimarlos?

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Recientemente llegó a mí la preselección de artistas para un festival tan random como off topic en lo que a este blog corresponde, el Benidorm Fest, pero que me hizo reflexionar mucho sobre la temática de este post. En un escenario como el de Eurovisión, en el que se supone que cada país envía la mejor propuesta que ha podido cosechar de entre todos sus participantes, y que debería reunir una selección de distintos géneros musicales, me picó la curiosidad por saber, desde una dirección artística profesional, cual es la que -se supone- es esa selección gourmande de la escena nacional, el chef’s kiss de la música en nuestro país. Me llevé una grotesca noticia (aunque siendo sinceros, sorpresa, no fue). Y es que, de las cerca de 900 propuestas que recibía RTVE, las 18 seleccionadas resultaron ser muy pero que muy lejos de lo que podríamos llamar diversidad musical. Más bien, encontramos toneladas de autotune y sonidos enlatados, salvo muy contadas excepciones. Y no hablo ya de gustos en cuanto a lo que género musical respecta, ya que mi papel no es el de ser la policía musical, pero sí me hizo reflexionar con respecto a lo que, se supone, es la selección más representativa para enviar a Europa como nuestro escaparate musical, el dream team de la escena artística española de entre casi un millar de propuestas.

Recordemos que hace no tanto tiempo, el rock y el metal eran fuerzas dominantes en la escena musical mundial. Bandas como Metallica, Nirvana, Iron Maiden o, dentro de la escena más doméstica, bandas como Héroes del Silencio ocupaban las portadas de medios mainstream y se identificaban con las emociones de millones de jóvenes. Sin embargo, basta mirar los carteles de festivales actuales para confirmar lo evidente: el rock y el metal han perdido el protagonismo que tuvieron durante los 90 e inicios de los 2000.

Los factores detrás de este descenso son múltiples y probablemente mucho más complejos de lo que pudiéramos pensar. Por un lado, el cambio en los hábitos de consumo musical ha favorecido a géneros mucho más inmediatos, bailables y producidos digitalmente, de la mano de los propios avances tecnológicos. Plataformas como TikTok o Instagram premian la brevedad, la dopamina súbita y el contenido viral, elementos que no siempre se alinean con la propuesta artística metalera, mucho más intrincada, y ya no hablemos de géneros como el progresivo o el doom, que tienden a explorar estructuras mucho más largas, introspectivas o outsiders en lo que al gran público respecta.

Por supuesto, el contexto cultural y social también ha cambiado. El rock fue, durante décadas, símbolo de rebeldía y contracultura. Hoy, ese papel lo han asumido géneros como el trap o el reggaeton, que hablan —para bien o para mal— el lenguaje de la calle actual, con discursos que conectan con los problemas, aspiraciones o contradicciones de la juventud contemporánea. Y aquí, quizá también hay lugar para la autocrítica, más que para el derrotismo, porque por esa parte es plausible que muchas bandas de rock no hayan sabido renovarse o hayan podido quedar más atrapadas en la nostalgia, repitiendo fórmulas de décadas pasadas, que no siempre son la manera en la que vibra una generación tan ecléctica como inmediata.

Volviendo al momento Benidorm Fest, y aunque pueda sonar una mención absolutamente aleatoria, nos permite hacer también una reflexión sobre lo que entendemos como selección de talento en nuestro país. Pensemos en preselecciones nacionales como el italiano San Remo, o el portugués Festival da Canção, que lejos de ser festivales repudiados por los connoisseurs musicales, son festivales profundamente respetados, y en donde se presentan propuestas de múltiples géneros, incluso con orquesta musical en directo. De estos festivales han salido propuestas como los Måneskin, que pueden gustar más o menos, pero que han supuesto la puerta de entrada al rock para público joven que no tiene como hábito el de descubrir bandas fuera de las plataformas habituales de consumo.  En el caso de Benidorm, no sólo no hay este año ninguna propuesta ligada al rock entre los finalistas, si no que no parece que haya intencionalidad ninguna de hacerlo. De nuevo, no se trata de cuestionar la calidad de las propuestas, sino de preguntarnos por la ausencia total de una representación que hace apenas veinte años era más que habitual. Mirando atrás sobre las propuestas presentadas en anteriores festivales, podemos decir que el género ha asomado tímidamente la nariz, aunque lejos de ser una propuesta ni siquiera candidata a llevarse el trofeo de bronce.

Si miramos cómo está la situación fuera de nuestras fronteras, vemos que en países como Alemania, Finlandia o incluso EE. UU. y Japón aún existen escenas metal y rock robustas, con festivales masivos y gran renovación generacional. Por nuestra parte, el género ha quedado mucho más confinado a nichos específicos y en ocasiones envejecidos. Festivales como el Resurrection Fest o el Leyendas del Rock sobreviven, sí, pero el relevo generacional es tímido y las nuevas bandas tienen dificultades para emerger fuera del circuito underground. Me permitiréis no entrar en el territorio lucrativo de las promotoras en nuestro país, aunque dejaré ese melón para ser abierto en otra ocasión.

Entonces, ¿Hay futuro para el metal entre los jóvenes?: La respuesta es sí, pero no será un camino fácil. El futuro del metal dependerá de su capacidad para adaptarse sin perder su identidad. No se trata de ceder ante modas, sino de encontrar nuevas formas de conectar y de renovarse, aprovechando todas las herramientas del presente: redes sociales, collabs, narrativa visual potente y también entender que las grandes leyendas del género sentaron cátedra por un motivo, y es que supieron hacer algo que nunca se había creado antes, porque fueron capaces de desafiar el sonido existente hasta el momento. Cuando nos venga el arrebato fatalista de que “ya no se hace música como antes” y nos salga el Paco que llevamos dentro, quizá podríamos repetirnos ese mantra como antídoto.

La buena noticia de todo esto, es que sigue existiendo una base leal de seguidores, y un gran potencial por explotar en la fusión de géneros. Ya hay casos interesantes de bandas que están generando propuestas frescas que podrían servir de puente hacia nuevas audiencias, sin perder todo lo bueno de bandas como Sabbath, Zeppelin o Maiden.

El rock y el metal no han muerto, pero atraviesan una crisis de visibilidad e influencia cultural. Quizás el metal no vuelva a dominar el mainstream, ni falta que hace, porque su fuerza reside precisamente en no necesitarlo. En expresar aquello que nos hace diferentes. Su supervivencia dependerá de su autenticidad y de su capacidad para resonar de nuevo entre los que heredarán esa herencia musical. Y esa historia todavía está por escribirse.

xCristinax

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